Fernanda tiene 36 años, trabaja como administrativa en un centro de salud, se considera una persona sana y está harta de las uñas de sus pies. Empezaron a ponerse raras 4 años antes y al principio pensó que se trataba de una infección por hongos, así que consultó a sus compañeros facultativos quienes empezaron a tratarla con esa sospecha clínica: primero con lacas antifúngicas y luego con itraconazol oral, que tomó durante varias semanas (no recuerda cuánto tiempo, pero fueron varias veces a lo largo de los años). A veces habían conseguido que mejoraran un poco, pero luego se volvían a poner feas. Sólo las uñas de los primeros dedos de los pies. Fernanda iba mucho al gimnasio y se duchaba allí, pero últimamente tenía la precaución de no hacerlo descalza. Y aún así, las uñas seguían raras. Al menos no le dolían, pero ya estaba un poco cansada de las lacas de tratamiento y de no poder pintárselas, así que la enviaron al dermatólogo.
Cuando vino a la consulta hacía tiempo que no se ponía nada ni tomaba pastillas. Cuando la exploramos, las primeras uñas de ambos pies presentaban alteraciones parecidas, en forma de una coloración amarillenta de la lámina ungueal que se extendía a la base de la uña del pie derecho y que afectaba casi la mitad de la del pie izquierdo. El resto de uñas estaban razonablemente bien, así como las uñas de las manos y resto de la piel.
Llega nuestro turno. ¿Qué hacemos con esas uñas? ¿Hongos u otra cosa? ¿Mejor hacemos un cultivo? ¿O damos tratamiento del tirón? El miércoles volveremos para resolver este onico-caso.
Hoy nos despedimos con un vídeo que nos viene al pelo (bueno, a la uña).